Cómo cambiar el mundo

Alan Wilson tiene varias opciones para su carrera, pero sólo una ambición: hacer diferencia.

by Howard H. Stevenson (2008)

Alan Wilson miró más allá de sus esquís Atomic y vio a los esquiadores que pasaban zumbando a seis metros debajo del telesilla. El cielo se había oscurecido y el viento azotaba la nieve liviana que había empezado a caer, pero las condiciones climáticas cambiantes no lograban disuadir a los esquiadores más entusiastas. Vio cómo una joven se lanzaba por la pendiente empinada mientras que sus palos de esquí se fundían con el polvo de nieve.

Cuidadosamente se acomodó las gafas. Apenas había conversado con su mejor amigo, Karl, en los 10 minutos que duró el viaje. Alan estaba pensativo. ¿Qué haría con su vida ahora que se le habían presentado algunas opciones nuevas y atractivas? Las personas piensan que es deprimente no tener opciones, pensaba, pero, en cierto modo, es más estresante tener demasiadas.

Los dos hablaron de la muerte de la madre de Alan mientras recordaron que tras ese evento, poco tiempo después del servicio de conmemoración que se efectuó para su madre, un cazatalentos se comunicó con él en representación de Grepter, una multinacional del sector farmacéutico con sede en Nueva Jersey, y le ofreció el puesto de vicepresidente. Alan aceptó.

Karl empezó a indagar a su amigo sobre ese trabajo: ¿era bueno?, ¿le generaba retos?, ¿le estaban pagando lo que valía? Entonces Alan aseguró que estaba contento, pero, en lo referente al pago, tras levantar los hombros, dijo: “¿Crees que serían capaces de hacerlo?”. Karl se rió y luego bajó la voz. “Te pregunto por la siguiente razón: hay una oportunidad en LSM que está hecha para ti”. Levantó la mano para que Alan le permitiera continuar. “Ya sabes, en los primeros años estaba ganando casi medio millón. Y ahora que ha crecido el fondo, así como el desempeño, estoy ganando –no lo vas a creer– casi 10 millones. Si ganas montos de este tipo, realmente serás capaz de hacer una diferencia. En algún momento podrás dejarlo todo, inaugurar una fundación en la memoria de Jenny Wilson y dedicarte a ella el resto de tu vida”.

Alan se reclinó. La propuesta de Karl ciertamente le parecía interesante. Pero también complicaba todo. Durante un viaje de negocios a California la semana anterior, Alan había recibido otra oferta de una persona cercana.

Shiori Masaki, deslumbrante en un vestido de seda carmesí, estaba esperando en el vestíbulo de un restaurante decorado al estilo de los años 40 en el centro de San Francisco. “Ha pasado demasiado tiempo”, dijo con alegre cordialidad y besó su mejilla. “¡Gracias por venir a verme!”.

Masaki fundó una empresa cuyo objetivo era hacer llegar atención médica a pacientes en el Tercer Mundo con riesgo vital. “Acabamos de incorporar a nuevos inversionistas, lo que sin duda ha sido más fácil desde que la Fundación Gates se embarcó en el proyecto”, dijo Masaki. “Ahora que estamos con las finanzas tan holgadas, finalmente podemos iniciar un par de proyectos que me moría por lanzar. Quería tu opinión respecto de uno en particular”. Describió un plan para asociarse con grandes farmacéuticas con el propósito de conseguir medicamentos para tratar el cáncer, el dolor y las enfermedades contagiosas y hacerlos llegar a la gente en África e Indonesia con mayor celeridad y a menor precio.

Alan se rió. “Ya me veo, codeándome con los Gates y con Bono”. “De hecho, es algo que puede ocurrir”, dijo Masaki con seriedad. “Pero ésta es la oferta más irrebatible: podrías salvar a muchas personas de morir de sida o cáncer”.

Por otra parte y tras una importante negociación, Gary Dreisinger, el veterano CEO de Grepter, jefe supremo de Alan, le dijo: “Pensaré en ascenderte al puesto de vicepresidente senior a cargo de fusiones y adquisiciones globales; serías mi subordinado directo. A esas alturas serías un candidato excepcionalmente fuerte. Con unos cuantos años de experiencia global estarás en una situación privilegiada”.

Al final, tras un encuentro familiar, durante la cena de pollo asado y puré de papas con salsa, Alan repitió los eventos de la tarde a Beth y Eric, sus familiares.

Alan les contó acerca de las ofertas de Karl y Shiori, además de la de su jefe Dreisinger. “Si me quedo en Grepter, no sólo tengo una oportunidad de trabajar directamente con el CEO, sino que también puedo adquirir experiencia global. Y si sigo avanzando, bueno, digamos que cualquiera que llega a la cima de una empresa Fortune 100 cuenta con una firme plataforma para implementar algunos cambios positivos en el mundo. Pero por otro lado, si trabajo en el fondo de cobertura, estoy seguro de que generaría más dinero en el corto plazo, lo que significa que podría empezar a hacer una diferencia antes”.

Eric lo rescató diciendo: “Al parecer el asunto verdadero no es el dinero, sino dónde crees tú que puedes producir el mayor impacto en el mundo”. “Tienes razón”, dijo Alan. “Es lo que quisiera saber”. “Alan, eres una superestrella”, intervino Beth. “Sólo debes hacer lo que amas y el impacto vendrá solo”

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